27 de marzo - 3 de mayo

«El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He aquí por qué se nos escapa el presente» 

- Gustave Flaubert


Una brisa fría
y un calor tímido
no saben qué hacerme:
detener el traqueteo
de los ruedines que arrastro,
desverstirme del abrazo
del invierno en mis mangas.
Falta menos.

Cuando la espera
me detiene los pies
por unos diez minutos,
mis ojos se cruzan
con la indiferencia física:
las cejas se alzan,
el cuerpo abandona el banco
y nos escuda
un saludo de metal

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Un roce
al plástico sonoro
y se abre el portón
a la vez que pestañeo.
El ascensor me recibe
sin requerírselo
con su luz amarillenta
y un reflejo que se sonroja.
Al peinarme, las uñas
me tiemblan al sentir ausentes
los filamentos de mi mano.

El timbre le llama:
me encuentro con una sonrisa
dulcemente a priori.
Me cercan unos brazos
y me besan unos labios
como si me agradecieran
mi misma existencia. 

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En un efecto dominó
me vislumbran rápido
los dedos mañaneros
por los que entrepasa el aire.
Unas soñolientas sonrisas
se despiertan.

La expresión es mutua,
pero al mirar por la ventana
mis ganas de ser más que yo
se desperezan conforme entra la luz.


Aquí es donde empiezan
tres de mis siete días. 






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Distingo ya en la lejanía
un abrigo negro que cobija
a una figura estática
que por dentro derrocha
un cinetismo táctil.
Unas miradas se encienden

con chispas a distancia:
este shock me zascandilea.
En este estado
un abrazo eléctrico y corto
nos desconecta y descarga. 



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Puertas abiertas:
entran los pies rápidos
y dejan la mochila
en la esquina de las patas.
En el sofá hacen uno
con la manta y Netflix.
Este es mi momento
de seguridad y cobijo:
esos hombros
son mi mejor apoyo.




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Camino en vertical:
subo, escalón a escalón,
y no me queda otra que ascender,
erizo de flechas,
por la naturaleza
de esos ojos angelicales.

No me detengo y sigo recto
porque solo quiero mirarlos yo,
y que mi mirada de admirarlos
sean el único punto de mira de ellos.

Al rato me presencian
a la distancia de una pestaña
que descansa en la mejilla.
Qué suerte tenerlos tan cerca. 

Tras no decir más
que izquierda o derecha,
se detiene el vehículo.
Puerta, maletero, peso.
Gracias, qué suerte
que vivamos cerca.

Crucé a la acera,
eché la vista atrás
y me vislumbró el blanco
de esa estrella fugaz diurna.








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Me acompaña una mano
enredada a la mía
y unos ojos verdes
que continúan brillando.
Nos acercamos de manera
que no sé por dónde
empieza mi cuerpo.

Escucho un «te quiero» repentino
y florezco un poco.
Solo pido un beso.

Repelo el frío de la calle
con el calor que guardo.
La primera vez que deseo
que fuera una vela
para no quemarme.




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Al ser constante e infalible,
- las mismas horas,
el mismo lugar -
tiramos de formalismos
repetitivos y monótonos
y casi del unísono.

No invertimos tiempo
en lo que querríamos
que careciera de final:
vivimos en una sucesión
de estables convivencias.

Ya se entrechocarán
nuestros cuerpos
cuando se interpongan
las distancias.

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Supera y rebasa
las horas del crepúsculo:
no quiero domirme
en este regazo que me acaricia.
Se hace tarde.
Las puertas me llaman
a acercarme y a abrirlas.
Mi cabeza esta noche
tiene que descansar
sobre la almohada
aunque mis ojos soñolientos
no quieran cerrarse aún.

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Es un hasta mañana
hasta que sea un hasta más ver
pero siempre mi hogar será
también el de estos términos lejanos,
esos cantos que desconozco,
la monotonía macarrónica
y el silencio literario.
Una mano me da todas las señas
con sus significados de aprecio
y la miro bajar las escaleras
con tanto cariño
que deseo en cada escalón
que los vuelva a subir.

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Aquí es cuando a sístoles
este cuerpo nuevo asiste
al hábito del desconocimiento:
los brazos no saben qué hacer
ni dónde desfallecerse,
los pies ven largo estorbo
su propia dimensión
y las palabras se traban,
inútil intérprete y traductor
del ruidoso pensamiento.

¡Rápido! ¡Veloz!
En un pestañeo
las alas estarán lejos.

Y entonces cae, meciéndose,
la pluma de un beso.



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